martes, 25 de enero de 2011

EBRARD, ABSURDA CAMPAÑA

25/enero/2011

*Agitado, desoye problemas ciudadanos
*Reprime protesta por obras innecesarias

“El que no se atreve a ser inteligente, se hace político”: Enrique Jardiel Poncela
(1901-1952).

No gobiernan, hacen política personal o de grupo. Una vez en el trono, los gobernantes le dan vuelta a la tuerca y se olvidan de sus promesas iniciales de atender la problemática ciudadana. Se sabe que eso ocurre sobre todo con los políticos de la derecha mexicana y del mundo [Estados Unidos, Europa, etcétera], o los pronunciados por el llamado “centro” —aquellos por cuyas medias tintas no saben dónde se ubican ideológicamente, pero tampoco ignoran los intereses para los que sirven—. ¿Pero es creíble de la autoproclamada izquierda, como la que dice gobernar el Distrito Federal?
Porque al menos en la Ciudad de México, el todavía Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard Casaubón, surgido de las filas del Partido de la Revolución Democrática, anda de asonada campaña con suspiraciones presidenciales. Agitado, pero sin atender el llamado de los capitalinos que son excluidos de la toma de decisiones —demanda lógica para un gobernador de izquierda que se jacte de ser mínimamente democrático [¿qué no?]—, piden el respeto al espacio público y repudian la imposición de obras innecesarias y de gran impacto urbano.
Pero la promoción y venta de un candidato demanda, precisamente en los términos de un populismo trasnochado como el que lleva a cabo Ebrard siendo un activo perredista —supone que el ciudadano común olvidó ya su antepasado priista—, tanto doblegar con el uso de la fuerza la protesta ciudadana como imponer la obra pública que a los intereses personales, de grupo o de partido, convenga.
Esto es, pretendiendo trabajar sobre la misma línea de los gobernantes de la Ciudad de México, que en el pasado han edificado obra pública de relumbrón y sin el mínimo de planeación urbana —como lo hizo en su momento Carlos Hank González, con el trazo de los ejes viales que rompieron la ciudad en cachos para los estacionamientos fijos en que luego se convirtieron, pero le retribuyó enormes ganancias; o el propio López Obrador, El Peje, cuando crucificó a los capitalinos con el llamado “segundo piso” en Viaducto y Periférico, más a contentillo de inversionistas que de la ciudad—, lo único que Ebrard hace es obra para presumir que también puede ofrece resultados y ganar votos con ello.
Sólo que Ebrard olvida que la ciudad no demanda más obra pública sin orden: seguridad, obra en redes hidráulicas, iluminación, espacios públicos, culturales, etcétera [según coordinadores vecinales de varias delegaciones]. No más estacionamiento para automóviles, sino ampliación de las áreas verdes, y la revitalización de las existentes para alimentar los mantos acuíferos. En fin, una recta planeación urbana que marche a la par de la prestación de servicios básicos eficientes. Eso sí, la ciudad de México requiere transporte colectivo, pero no en dónde ya existen vías alternas. Cualquier cosa, menos obra para el lucimiento personal al estilo del viejo cacique priista cachavotos.
Pero justamente tirando por la borda el interés del ciudadano, a quien se le pide participación por un lado y por el otro se le reprime, haciendo caso omiso de los perjuicios que están provocando a la ciudad y alimentando el caos urbano, Ebrard da rienda suelta a sus compromisos con inversionistas brincando incluso todos los procedimientos de legislación urbana federal. Todo porque se le cayó una obra cumbre que no podrá entregar en tiempo, también por precipitar gestiones; la Línea 12 del Metro, o Línea Dorada del Bicentenario, que no estará lista conforme a la promesa de entrega en el 2011 sino hasta el 2012, y no será él quien rompa los listones de la inauguración.
Por eso el candidato Marcelo Ebrard está urgido de dar resultados. Así sea a contrapelo del capitalino. Por eso ha cosechado protestas en otras dos de sus precipitadas obras: la construcción de la línea del Metrobús y la llamada Supervía. En el primer caso, una obra que corre a la par de la línea 3 del Metro, y que los vecinos rechazan abiertamente. En el segundo, porque ha roto con preceptos de uso de suelo, incuso sin considerar en impacto que la Supervía causará a los mantos acuíferos de la ciudad.
La construcción del Metrobús es cuestionado por no existir las condiciones por la zona de Narvarte; la Supervía en casi toda su extensión. La característica de la actuación del gobierno es pareja: el uso de la fuerza pública para contener la protesta ciudadana, pese a las promesas de diálogo vecinal para el convencimiento de la bonhomía de las obras, con todas las autorizaciones en mano. Ni lo uno ni lo otro. Y en ambos casos se ha hecho caso omiso de la planeación urbana.
Eso es creíble de un gobierno como los emanados del PAN o del PRI que hacen todo a chaleco, pero no del PRD. Pero no se olvide que Ebrard anda en campaña. Y eso se hace con dinero para publicitarse como sus seguros competidores: El Peje y Peña Nieto. Desempeño sin resultados, porque tiene una gestión sin logros, está urgido en decirle a la gente del país que él puede. Que puede ser un flamante candidato presidencial para el 2012. Por eso su presurización. Eso explica sus arrebatos y hasta el uso de la fuerza pública contra la protesta ciudadana y las demandas que tiene en Derechos Humanos.
De ahí también su acelerado apoyo al candidato perredista-priista a la gubernatura de Oaxaca. Porque él puede. Ebrard necesita demostrar resultados lo que no hizo en su tiempo. Quiere avances a costa de lo que sea. Qué importa el ciudadano, el desarrollo o la planeación urbana. Interesa el personaje. Importa el candidato a la Presidencia. Eso descubre a Marcelo como hijo putativo y renegado del viejo PRI.
Es el interés privado con tintes populistas. Por eso desbordan las presiones ciudadanas. Por eso la denuncia pública, por tratarse de un político que hace campaña con presuntas acciones de gobierno. No obstante, Marcelo olvida que quienes otorgan el voto no son los hombres ricos del Pedregal, a quienes va a conectar la Supervía con la zona comercial de Santa Fe, sino la plebe que se ve afectada por las obras, reniega y reprime.
Más cuando la “participación ciudadana” es un slogan de la política perredista que cobija a Ebrard. Todo por sus aspiraciones presidenciales. De ahí que su decisión es política, y de agitada campaña. Allá él.

Correo: maniobrasdelpoder@gmail.com

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