lunes, 27 de septiembre de 2010

POR UN PROYECTO DE NACIÓN

27/septiembre/2010

*Cambiar modelo económico y el sistema político
*Compromiso desde la sociedad civil organizada

“Hasta que se llegó a estos tiempos en que no somos capaces de soportar nuestros vicios y su remedio”: Tito Livio (59 AC-17 DC). Citado por Samuel Schmidt en Las grandes soluciones nacionales.

Está claro que a México le urgen cambios de raíz, más allá de los vaivenes sexenales. Y entre más pronto mejor. Como luchar por un Nuevo Proyecto de Nación que camine sobre dos rieles, pero no de un viejo ferrocarril sino de un modero tren bala. Uno está en los necesarios cambios en el Modelo Económico vigente; otro, por ende, en la reestructuración en el Sistema Político Mexicano.
En primer lugar, para modificar las políticas económicas. Desde los cambios al modelo neoliberal que fue impuesto desde afuera a principios de los años 80, y no sirve —nunca ha funcionado— para resolver los problemas económicos del país encaminándolo hacia el desarrollo, y por tanto atender las demandas de la población. Porque sólo ha polarizado las contradicciones generado riqueza en pocas manos y empobrecimiento generalizado, sin creación de empleos dignos ni solución al resto de asuntos referentes a la economía nacional. En ninguno de los tres sectores; primario, secundario y terciario, que hoy están en franca decadencia y con problemas estructurales fuertes (unos más, otros también) de hace al menos tres décadas.
En segundo lugar, para redefinir al sistema político presidencialista. Desde cambiar el anquilosado esquema presidencialista autoritario, el respeto irrestricto de los preceptos constitucionales [o modificarlos vía un Congreso Constituyente, de ser necesario], hasta la redefinición de la relación entre los tres poderes, el ejercicio de un federalismo amplio, con cambios fundamentales en los partidos políticos para una nueva relación con la ciudadanía, y la práctica de una democracia efectiva bajo el principio del respeto a los votantes expresada en urnas para la elección de autoridades.
Seguir como hasta ahora es ahondar en las contradicciones y orillar al país entre el borde del colapso y el desfiladero. Por eso las mentes mayormente conscientes han abundado en proponer esos cambios sustanciales que con urgencia requiere México. Estas han sido preocupaciones continuas de instituciones como la UNAM a través de muchas formas de expresión (institutos de investigación y facultades), comenzando por el rector José Narro. Pero no sólo la universidad.
Se entiende que el principal inconveniente está en quienes serían los primeros afectados por tamaños cambios. Por un lado los privilegiados, los hombres del poder real que son los más ricos del país y para los cuales, en última instancia, se trabaja desde el poder político, los gobiernos, los órganos legislativos, las instancias del poder judicial, etcétera. Aquellos a los que les interesa que las cosas sigan como están o el estatus quo.
En segundo término, los propios enquistados en el poder político; hombres que se han ganado la presencia en el Congreso y brincan de una cámara a otra por su fidelidad —mejor dicho servilismo— a los privilegios que sirven. Y aquellos otros que están enquistados en las dirigencias partidistas y operan desde ahí para empujar los cambios a favor de aquellos intereses que hacen suyos, con propuestas a modo y legisladores levantadedos para aprobar leyes útiles únicamente a objetivos ajenos al bienestar de la población.
Por lo tanto, las resistencias para empujar un Nuevo Proyecto de Nación son también estructurales. Porque tanto el modelo económico es sostenido por los hombres de gabinete del presidente del momento mediante sus políticas públicas (para lo cual utilizan las órbitas de control de cada secretaría: Hacienda, Banxico, Economía, etcétera), como por la elite que controla el sistema político-partidista para la toma de las decisiones (de votación de leyes, de emisión e iniciativas de ley, etcétera).
Razón por la cual no avanzan aquellas propuestas de naturaleza “externa”, por muy buenas que resulten para resolver algún dilema. Por dos motivos primordiales: 1) no surgen desde una iniciativa partidista [por cierto dominante, como las que representan el PRI y el PAN], que son los “cauces institucionales” aprobados; 2) tampoco convienen a los poderes ocultos tras el parapeto político, así sean de formas de expresión ciudadana, o precisamente por ello. Iniciativas que no ganan el consenso para ser avaladas o siquiera discutidas en la tribuna del Congreso. Baste un ejemplo: el problema indígena de Chiapas no se resolvió “en 15 minutos”, como lo propuso Vicente Fox en su momento. Un gran pendiente, por cierto, el de los hombres más olvidados del país.
Por eso no queda más que el consenso ciudadano para presionar a los poderes establecidos. Desde la sociedad civil organizada para proponer un Nuevo Proyecto de Nación. Una tarea que incluso es, o debe ser, del interés de todos. Pero de todos sin distinción. Porque seguir como vamos es ir hacia la destrucción. Ahí está el problema del narcotráfico, surgido y generalizado en gran medida (si no es que exclusivamente por eso) merced al contubernio, la impunidad y la corrupción del funcionamiento del propio sistema en descomposición, tanto político como económico vigente. Y que está afectando a todos por igual, desde empresarios de todos tamaños vía las extorsiones, los políticos vía el secuestro como el caso del olvidado por el PAN Diego Fernández de Cevallos, o los caídos tanto miembros de cárteles como los así llamados “daños colaterales” por una guerra declarada en contra del crimen organizado sin control ni planeación inteligente.
Por tanto, le compete a la sociedad civil organizada empujar ese Proyecto de Nación. Porque es la principal afectada del sistema en descomposición vigente, por un lado, pero también por ser la principal interesada en que las cosas cambien para bien y donde todos encontrarían no sólo cabida sino también beneficios. No sería un llamado a la anarquía, entonces, sino hacia la organización consciente y bien planeada. Visto es que desde el sistema político no se ha establecido una especie de Pacto de la Moncloa como se ha propuesto por otros especialistas, no precisamente serviles del sistema o meros “intelectuales orgánicos”.
Como tampoco hay la voluntad política desde las elites del poder para emprender los cambios más que urgentes que demanda el país. Estar a la altura de los retos es lo que distingue a los hombres de cada época. Es como los gobernantes que se quedan en la penumbra o los que lucen en acciones cuando alcanzan el tamaño de estadistas. El turno es ahora de la sociedad, principal generadora de los grandes cambios.

Correo: maniobrasdelpoder@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario